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Si nos fijamos en nuestro conocimiento actual del Universo,
podríamos decir que la astronomía acaba de nacer, o que, posiblemente,
todavía no ha nacido. No sería extraño que dentro de
pocos siglos incluyesen a nuestra época en la era preastronómica.
Las galaxias se descubrieron en los años treinta, como quien dice
ayer. Satélites artificiales dedicados a la observación astronómica
envían datos que ponen de manifiesto que las galaxias, a su vez, se
asocian en otras estructuras cuyas características se están
analizando hoy, es decir, ahora mismo. Hace muy pocos años
se ha descubierto que en el Universo existe mucha más materia que
la que podemos detectar con nuestros instrumentos: la llamada materia oscura,
cuya presencia se manifiesta únicamente por la atracción gravitatoria
que ejerce sobre otros cuerpos. Existen distintas hipótesis acerca
de la naturaleza de esta materia invisible, pero lo único que podemos
decir con toda seguridad es que no tenemos ni idea de lo que es, y constituye
nada menos que más del noventa por ciento de la masa total del Universo.
Apenas estamos abriendo los ojos al cosmos y sin embargo llevamos intentándolo
desde nuestros más remotos orígenes. Desde el punto de vista
histórico la astronomía es una de las ciencias más antiguas:
Todas las civilizaciones, incluso las más primitivas, han dedicado
y dedican grandes recursos a la observación del cielo y a la búsqueda
de regularidades en el movimiento intrigante y misterioso de los astros.
Existen registros de eventos astronómicos en antiguos manuscritos
chinos, en inscripciones mayas y egipcias, en pinturas rupestres de las tribus
indias de Norteamérica...
La cosmología
de la antigua Grecia:
Los griegos de la antigüedad ya sabían que la
Tierra era redonda. En su cosmología la Tierra ocupaba el centro del
Universo, que estaba limitado por la lejana esfera de las estrellas fijas.
Estaban además el Sol y la Luna y un puñado de estrellas errantes
que vagabundeaban por el cielo y a las que se denominó planetas (planeta
es una palabra de origen griego que significa errante). El
Sol, la Luna, los planetas y la esfera de las estrellas fijas giraban sin
cesar en torno a la Tierra en órbitas circulares. Este modelo de Universo
se integraba perfectamente en la teoría de Aristóteles (siglo
IV a de C) sobre la constitución de la materia, según la cual
todos los objetos de nuestro entorno terrenal estarían constituidos
por cuatro elementos fundamentales: tierra, agua, aire y fuego, mientras
que un quinto elemento, el éter (la quinta esencia), sería
el constituyente de los cuerpos siderales.
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